Defender la alegría en plena pandemia
Ayer fui comer a casa de la parte de mi familia que vive en un barrio rural
de la ciudad. Disfrutamos de la tardada viendo la crecida del río Gállego y la
lluvia primaveral nos chipiaba cuando ya volvíamos. Después nos comimos el
primer helado de la temporada mojados, entre risas, viendo como la niña con sus
dos años recién cumplidos alucinaba con ese magnum tan grande entre sus manitas
pequeñas, llenando toda su cara rosada de chocolate. Los tres adultos no
parábamos de saborear en voz alta, dejando a un lado el decoro burgués de no
poder repetir una y otra vez lo jodidamente bueno que estaba ese enorme helado.
La bebé se movía en la tripa de su mamá, le gusta el helado, otro motivo
más para seguir apretando hacia la vagina de su madre y en nada llegar al
mundo. Pronto la ilusión de una vida nueva, tomará protagonismo frente al miedo
al virus que reina en casa de sus abuelas, todos en ambos pisos son población
de riesgo ante el covid19.
Esta niña no es consciente de que iluminará la vida de sus dos bisabuelas
nonagenarias llenas de historias de posguerra en las riberas del Huecha y el
Jalón. Una de ellas es mi abuela, con casi 94 años, tiene miedo del virus, dice
que esto es como lo de la gripe española que le contaban a ella sus abuelas
cuando era pequeña. Hago videollamadas con ella, que vive con mi padre, y sólo
me repite que me cuide, que pronto nos achucharemos como sólo nosotras sabemos.
No sé si la veré antes de que pasemos a la fase 2, tengo miedo de coger en el
autobús hacia el pueblo el virus y pegárselo a la gente vulnerable a este
maldito coronavirus.
Esta mañana he repasado todas ofertas de empleo, como cada día y la miseria
sigue siendo la protagonista, en mi cuenta del banco ya sólo quedan 20 euros,
tampoco sé nada del certificado de profesionalidad que estaba haciendo, me
quedaban 90 horas lectivas para poder hacer las prácticas. La única certeza que
tengo es que esta noche tras cenar me iré a andar por las calles de mi barrio, e
iré a la ventana de casa de mi madre, que sigue confinada porque sus defensas
están bajo mínimos. Vive en un piso a cinco minutos del mío, es un primero bajo
exterior, y podemos charrar, aunque no nos abracemos ni compartamos espacio,
podemos mirarnos a los ojos.
Fantaseo con planes con mis amigas, comiendo y riendo alrededor de una
mesa, yendo a la piscina, que ninguna esté en ERTE ni buscando un curro de
mierda, porque de otro no hay, que ninguna tenga miedo del covid19 porque ya
haya una vacuna, que dejemos de depender económicamente de los hombres, porque
oh sorpresa, la pobreza tiene rostro de mujer.
Hoy en el día 2 de la fase 1 de
desescalada, en esta primavera que hemos vivido desde nuestras casas, porque
cuando nos confinamos recuerdo que aún llevábamos la bufanda y el abrigo,
seguimos sosteniendo muchas incertidumbres, las mismas que seguramente mañana,
pero me quedo con la tarde de ayer cuando nos mojamos por la lluvia primaveral
a la orilla del Gállego y pienso en el paseo de esta noche. Creo que defender
la alegría como una trinchera en parte debe ser esto.
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