He vuelto
Vuelvo
Vuelvo a escribir sobre mis ángeles y mis demonios públicamente, porque nunca debí de dejar de hacerlo. Me reconforta pararme a ordenar mis pensamientos y sentimientos y reflexionar sobre ellos. Hacer públicas dichas reflexiones no sé muy bien por qué me hace sentir bien, las entradas de mi eliminado blog gustaron a gente que las leyeron en las redes sociales, pero no lo hago por eso, creo que es que si no va a ser algo público no me esfuerzo en hacerlo.
No es casualidad que casi a finales de año haga esto, la mierda esta de los balances del año que acaba y los propósitos del año que empieza no me gusta pero tengo muy interiorizado el hacerlo, y es que yo soy muy de cabalgar contradicciones.
Podría decirse que este 2018 he vuelto. He vuelto del agujero negro, ese que era una depresión constante pero que no quería ver. Yo hasta el 2018 me decía que estaba bien, tenía malos días como todo el mundo y más teniendo fibromialgia. Antes del 2018 me repetía que la depresión era eso que pasé con 21 años que sólo estás en pijama y lloras durante meses en casa y sólo lo saben los más íntimos y todo eso, y esa ponzoña yo ya lo había pasado. El 2 de enero de 2018 asumí que no, que tenía una depresión, que tenía que retomar las consultas en psiquiatría y la terapia psicológica, que necesitaba ayuda, que no sólo no había podido sola, si no que además había ido a peor.
No todo el mundo es tan fuerte psíquicamente. Aceptar que no era tan fácil sola asumir una enfermedad y salir al mundo real, asumir sola la hostia en un mundo real hacia una persona enferma dolía demasiado, asumir sola problemas familiares, asumir sola situaciones de violencia machista constantes en tu vida, asumir que no sólo es que no hayas podido sola, si no que es que estás en el maldito fango.
Lo dicen, pero hasta que no lo vives no lo ves, no ves cómo es posible llevar una vida en el exterior aparentemente normal (con el tiempo cada vez es más complicado) y luego en casa estar hecha un trapo psicológicamente. No sé cuánto tiempo estuve así, quizás desde finales del 2015, o un poco más tarde, no sé, es todo muy difuso cuando lo piensas, y las fechas se mezclan.
Cuando comenzó el 2018 me puse en manos de profesionales, he entendido que no estoy bien mentalmente, que va a ser un proceso largo el estabilizar mi trastorno ansioso-depresivo, y que los baches no deben asustarme ni hacerme tirar la toalla. Mi pequeño entorno afectivo (familia y amigos) me ha apoyado y entendido, no todos al mismo nivel pero sé que no para todos es fácil y creo que intentan comprenderme.
2018 ha sido de poner a mi salud mental como mi prioridad, de reirme desde la apropiación cuándo digo que estoy como una cabra o que ya soy una loca diagnosticada, de empezar a ver todo el dolor que tengo dentro y gestionarlo junto con la culpa que arrastro. Cuándo se te va la olla mucha gente desaparece de tu vida: o se van o les echas. Muchas personas de las que has echado duelen, sueñas con ellas, quieres hablarles pero te acojonas, etc. Las que se han ido no les guardas rencor ya, se lo agradeces de hecho. Pero lo mejor de todo cuando ya asumes y no ocultas que estás como las maracas de machín, es tu gente, esa poca gente, que te entiende, te cuida y te quiere así tal cual, como un cencerro. Jode no cuidarlas, no poder cuidarlas a todas como se merecen, pero de momento no se hacerlo de otra manera y me voy culpando menos por ello.
Así que podría decirse que sí, que este 2018 he vuelto a poner los pies en la tierra, a ser consciente del valor de mi vida y de que merece la alegría y el esfuerzo estar cada vez mejor, desenredando los nudos que has montado y no querías, y haciendo los que hace falta aún que hagas, que no hay que dejar cabos sueltos en esto de cuidarse.
En el 2019 seguiremos volviendo, con la salud del revés, la vida cambiando y el tiempo corriendo, pero seguimos volviendo del agujero.
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